Otro infierno

La noche está cansada. Las gotas de lluvia brillan como agua dorada en la luz de los faroles. Relámpagos sin trueno iluminan los techos viejos y las paredes sucias de las casas. Los cables del tranvía tiemblan por el viento frío. Lo único que estorba la sensación melancólica que da la vista por la ventana son los ruidos de los autos que pasan a toda velocidad por la calle. Clava los ojos en un letrero de una tienda de ropa de niños y escucha su propia respiración un buen rato, sin pensar en nada. Siente sus brazos pesados y la ropa apretada le incomoda. Se quita el sostén y lo deja caer al suelo. Hoy se vieron solamente un ratito.

Después de sus clases vino a casa corriendo para cocinar para sus hermanos pequeños y remendar la ropa que habían dejado, con lo que ganaba unos pesos. Cuando sonó la campana de la iglesia del Niño Jesús, se apuró para llegar al lugar de siempre. Él ya estaba ahí sentado en las escaleras y la miró impacientemente. Le dio un beso en la mejilla y su corazón latió más fuerte de lo común, cuando subían las escaleras hasta el octavo piso del edificio departamental vieja y desmoronada. Se sentaron, como siempre, a contemplar la ciudad desde allí, a última hora de la tarde, el sol besándose con el horizonte y las casas haciendo una sombra larga que contrastaba fuertemente con la luz dorada del atardecer. Allá arriba no llega el calor insoportable, ni la contaminación de miles de autos, y los ruidos del barrio más pobre y miserable de la ciudad se escuchaban muy apagados. Ella distinguió su casa entre los miles y miles de edificios en ruinas sin pintura en las paredes, sin techos y ventanas sin vidrio. Apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos por un momento. Sentía hambre y estaba sudada. Él olía a gasolina y tenía las manos negras todavía del trabajo en el taller mecánico. “Te tengo que decir algo“, le dijo ella sin mirarlo. “Yo también“, contestó él. Observaron una pandilla que abajo en la calle se acercó a una mujer con su niño. “Me voy de aqui“, dijo él “Me ofrecieron trabajo en la capital.“ Se quedaron otra vez en silencio. En la calle gritó el chico desesperadamente, la habían golpeado a su madre tan fuertemente, que sangraba. “Cualquier lugar es mejor que éste“, dijo ella, aunque no conocía ningún otro infierno. “Te cuidas“ ordenó él. Ella sintió un nudo en la garganta. „Sí“, le dijo. Seguían mirando las calles oscureciéndose. La madre no se levantaba. Sonaron nuevamente las campanas y se pararon. Por primera vez en la noche se miraron a los ojos, pero ella inclinó la cabeza. Bajaron las escaleras sin decir nada. Abajo, él tomó sus manos: “¿Me querías decir algo?“ “Que te vaya bien“, contestó ella. “Sí, igual a ti“, él soltó sus manos. “Adiós“. Y se dieron un beso rápido, apenas rozando sus labios y cada uno se volteó y se fue por su camino.

Ahora se echa en la cama y se pone la mano en el vientre. Y mirando la lluvia torrencial por la ventana, toma una decisión.