Insomnio

Hay muchas personas que sufren el molesto síndrome del insomnio, se voltean sobre la cama durante horas, cambian las almohadas, se ponen a escuchar música relajante y al final nada de eso ayuda para conseguir el anhelado sueño. Se desesperan, porque se dan cuenta que sus miedos, preocupaciones, el estrés o la película de terror que han visto son más fuertes que su deseo de descansar.

Ella no pertenecía a este grupo, porque ella sí podía dormir maravillosamente bien cuando su mundo se caía a pedazos y su vida desdichada le pareció sin sentido. En estos momentos se refugiaba en sus sueños donde encontraba consuelo en su propia ausencia. Pero lo que siempre le quitaba el sueño era la felicidad. No quería perderse sus pocos momentos plenos y sagrados durmiendo, sino se quedaba despierta toda la noche gozando de cada segundo que su cara llevaba esta sonrisa tan poco acostumbrada a ella. Esa noche era una de estas noches excepcionales en las que se quedó bailando y riéndose con ganas. Lo que le había ofrecido su amigo le había puesto muy alegre. Así pasaron varios días y noches de felicidad en las que no dormía, contemplando la nieve y disfrutando de los escalofríos que le producía. A veces se preguntó si era cierto o si era un sueño y en realidad estuviera durmiendo en su cama escapándose de su vida tan desagradable. Pero se sentía tan viva y con tanta energía como nunca antes y no había por qué amargarse esta nueva sensación tan placentera.

Más y más se dio cuenta de síntomas raros que nunca antes había experimentado: tirritaba sin sentir frío, sudaba sin sentir calor y de repente le dolían los ojos porque los colores le parecían demasiado intensos. Su cuerpo pedía descanso, pero la felicidad no la dejaba reposar. Se decía que en algún momento el malestar corporal, el sueño, iba a ser tan fuerte que la felicidad disminuiría y entonces podría dormir. Sin embrargo la felicidad resultó ser más fuerte que el sueño.

Dos semanas después murió de una sobredosis de felicidad.