El lado oscuro de la luna

La ventana en el octavo piso está abierta. Se suicidó, dice el médico, no hay muestras de una pelea, ella saltó voluntariamente. Pero el inspector lo mira con los ojos mediocerrados. La expresión en el rostro de la chica es de una felicidad y una paz tan absoluta, que no se puede imaginar que se ha matado ella. Cuando entra a su cuatro en el octavo piso encuentra el diario personal que habla de un enamoramiento reciente, un perro que ladra en espera de su dueña, un libro recién comprado con una dedicatoria para el cumpleaños de una “amiga para siempre”. No fue un suicidio, vuelve a murmurar el inspector. Cuando baja otra vez a la calle encuentra en un rincón un equipo electrónico y auriculares. Lo enseña a sus ayudantes y si, unas horas después le afirman que lleva las señas de los dedos de ella. Incluso pueden reconstruir el chip del equipo, pero el inspector se decepciona al descubrir que no hay ningún mensaje cifrado, ninguna amenaza oscura, sino pura música rock en el chip. No hay rasgos de otra persona en el departamento de la chica, no se defendió, no se peleó, nadie en el edificio escuchó nada y su vida fue tan feliz, según el diario íntimo, que un suicidio simplemente no es posible. Cuando dos semanas después el inspector ya ha preguntado a todo el entorno social de la chica y nadie tiene motivo para asesinarla, ya no sabe más qué hacer. Con la música del chip recuperado se va al departamento de ella y se echa en su cama para volver a vivir el mismo momento que ella había experimentado. Cuando empieza a sonar la canción, está justo en el leve espacio entre dormido y despierto. Afuera ya oscurece, su cuerpo se siente dulcemente pesado, inmóvil, mientras que percibe que su alma sale de funda y flota unos diez centímetros encima de la cama, como ingrávido. Las guitarras llegan hasta lo más profundo de su recuerdo y de su ser. Se acuerda de su niñez, de las personas que han cruzado su camino, ve pasar su vida delante de sus ojos, siente su corazón felizmente acelerado e inútil y sabe que ahora puede volar. Con un gran esfuerzo logra moverse, se levanta y se acerca a la ventana. Lo abre y siente el aire fresco acariciándole la cara. Y cuando mira hacía arriba sabe que la va a encontrar en el lado oscuro de la luna.

Al día siguiente otro muerto se encuentra en la calle bajo la ventana del octavo piso.