El atrapasueños o franja de Gaza

Se despertaba por un ruido en el sueño de su novia. Se habían dormido abrazados, pero ahora él estaba en un lado de la cama y ella en el lado opuesto. Estaba asustado. La miró, estaba con la frente arrugada, la boca semiabierta y la mano cerrada en puño. Había escuchado un grito de muchas personas y el sonido de bombas que se caían al suelo. No la quiso despertar. Miró por la ventana y le parecía ver algo, o alguien, sombras pesadas y agudas, sombras gigantes chillando como aviones en ataque. Se dio la vuelta. Ya el sueño se había apropiado de él. Cerró los ojos y vio personas quemándose, corriendo por calles con los canales inundado por excrementos, rascacielos tirados a parques infantiles, hospitales que escupían huesos, cementerios que dejaban escapar sus difuntos. El sueño, que hace muchos años había sido un simple sueño, soñado por una primera persona, ya había ganando mucho poder.

Ahora se buscaba más soñadores inocentes, entraba por las ranuras de las ventanas o las bocallaves de las puertas y rajaba las almas de los soñadores con palabras sacadas de un libro que llaman sagrado. Después dejaba todo en cenizas y se escapaba por el balcón. Como un virus infectaba a las personas, dejándolos belicosos deseando venganza sin saber de donde venía todo el odio que de pronto sentían.

Una noche templada llena de nubes, el sueño entró por una ventana donde había luz encendida todavía. Un músico estaba despierto, fabricando guitarras de seda que reproducían el sonido de la dulzura. Tenía un atrapasueños arriba de la cama. Como una mosca en una telaraña el sueño se quedó atrapado, moviéndose desesperadamente, con el fin de quedar cada vez más atado a la seda fina. El músico escuchó el zumbido de los tanques y se dio cuenta del sueño cautivado.

Entonces se levantó y sacó el atrapasueños de la pared y lo fijó en su guitarra recién terminada. Se puso su abrigo y salió con la guitarra y el atrapasueños a la calle. Por cada casa que pasaba, un nuevo sueño sangriento se extraviaba en el atrapasueños. También el sueño que se había apropiado de la pareja encontró su fin en la seda fina. Cuando volvió, había cazado más que cien sueños de otras personas que se retorcían gritando con voces de guerreros pidiendo sangre tibia y cadáveres en pedazos. Se los llevó al bosque, porque sabía que en estos casos los árboles eran los únicos que podían curar los sueños bélicos. Entonces puso el atrapasueños en la rama de un sauce llorón y miraba como de a poco los sueños se callaban, disminuían sus intentos de ataque y brillaban con una luz cristalina. El árbol lloraba lágrimas de fuego y polvo que cayendo de sus hojas se transformaban en pétalos de girasoles que rozaban ligeramente el suelo suave del bosque. Al final el sauce había neutralizado los sueños desviados y quedaban puros, sanos y frescos. El guitarrero se fue, sabiendo que el árbol iba a guardar los sueños hasta finalmente dárselos a algún pasajero abierto y sano, dispuesto a soñar nuevos sueños.