Jazmines

El café aceleró mi cuerpo, se sentía caliente y liviano y mi corazón latía fuerte. Pero al mismo tiempo tenía sueño, había bailado toda la noche y casi no había descansado. Me eché a la cama y disfrutaba del olor de las flores que él me había regalado: jazmines, tenían el mismo nombre que yo. La mezcla entre cansancio y café hacia que todo pareciera más lento, más intenso. Sentía un hormigueo en mi cabeza y en las puntas de mis dedos. Solo se escuchaba mi respiración en el cuarto semioscuro. Miraba mis manos con el anillo nuevo, me saqué la blusa y la dejé caer al suelo. Así, casi desnuda abracé mi almohada y cerré los ojos. Me imaginaba que entraba, me veía así, me miraba con deseo, me di cuenta que el hombre que veía en mi fantasía no era el que debía ser. Pero lo deseaba. Me imaginaba como se acercaba, como me tocaba suavemente la pierna, me besaba en la nuca. Sentí tan fuerte su presencia que abrí los ojos, y casi me sorprendí que no hubiera nadie. Me di la vuelta y me toqué el pecho, rozándolo suavemente. Mis dedos finos se veían bellos jugando con los pezones. Me imaginaba que fueran las manos de él, manos de hombre. ¿Y si ahora tocara la puerta? ¿Podría resistir? ¿O lo dejaría entrar? Desde mi cama observé la puerta. Tenía miedo que tocara, pero al mismo tiempo me excitaba imaginarme como entraba de golpe y me veía así, de frente, desnuda, tocándome. Me saqué el pantalón, lo dejé caer al suelo. Quería gemir, quería que él me escuchara gemir. Me acaricié los labios después de tocarme el pubis. Y si fueran los dedos de él que descubrieran mis labios y que experimentaran la humedad entre mis piernas. El cosquilleo en mi frente y en las puntas de mis dedos aumentaron igual que la tensión en mi cuerpo.

Alguien tocó la puerta.