1941 – 2021

El mundo no la había esperado. La noche del 16 de diciembre era de un frío brutal en las calles oscuras y nevadas del pueblo alemán. El bombardeo se escuchaba de lejos. Habían aprendido a dormir a pesar del ruido y despertarse justo a tiempo si se acercaba demasiado al pueblo. Johanna se levantó en la cama porque el dolor había empezado de pronto y le asustaba. Con los otros seis niños no se había sentido así. El bebé debería llegar recién en cinco semanas. Algo iba mal. Cuando encendió la luz, su esposo murmuró algo incomprensible, pero Johanna le gritó alarmada y entonces se paró y en el cuarto helado buscó su ropa. Temblaba todavía cuando cerró la puerta para llamar a la madre y a su cuñada, que siempre asistían en los partos de la familia. Cuando volvió con las dos mujeres, Johanna ya estaba en el delirio. Tenía fiebre y sentía las bombas aliadas caer a su vientre, se tapaba los oídos y ni se dio cuenta que estaba perdiendo sangre. La cuñada tomó la mano de Johanna y la instruyó. Mientras tanto la madre de Jacob lo miró fijamente y le ordenó ir a buscar al cura. Jacob se negó furioso, golpeó la puerta hasta que los niños salieron del cuarto, curiosos y con inquietud. Pero al final se sometió. Al llegar el cura, la pequeña Anna Elisabeth ya había nacido. Tenía apenas 2150 gramos, lo indicó la balanza de cocina, y su piel brillaba amarilla. Sin embargo saludó al mundo con un grito fuerte y sano. Su tía la lavó cuidadosamente en un orinal en el salón entre las miradas asombrosas de sus sobrinos. Johanna salió del cuarto tres horas después en un cajón.

80 años después, la noche del 8 de mayo, Anna Elisabeth caminó los últimos cinco pasos de la puerta a su cama matrimonial que ya desde hace seis años que la habitaba sola. Se tomó su tiempo para levantar primero la pierna izquierda y después la derecha y se recostó con un suspiro largo. Se tapó con la colcha hasta el pecho y buscó en la mesita de noche su rosario. „Padre Nuestro …“ empezó y lo recitó tres veces antes de seguir con el Ave María. Cuando terminó, apagó la luz, pero como todas las noches, seguía con su diálogo: „Padre, protege a mi hija Judith que tanto me cuida y ayuádala a reconciliarse con su esposo. Protege a mi nieto Marcel, que estudia tan lejos, que termine pronto con la universidad y encuentre una mujer buena. Protege a mi nieta Clarisa, que vuelva sana de su viaje a curar las víctimas de la guerra en África. Protege a mi hijo Paul, que siempre le vaya bien con su empresa. Protege a mi nieto Stefan, que siempre estudie y que pase el bachiller. Y también protégelo a mi hijo Thomas, que por fin deje el alcohol y que encuentre trabajo. Por favor, Dios, te pido. Amén“ Repitió sus palabras dos veces más, susurrándolas en la oscuridad. Después cerró los ojos con la sensación reconfortante de haber cumplido con su deber. Exhaló pacíficamente y sintió subir lentamente un frío desde sus pies y las piernas hasta llegar a las caderas y el pecho. So corazón se contrajo y escuchó los latidos como un bombardeo en sus oídos. Decidió que el ruido estaba suficientemente lejos para poder dormir.